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Guardiola, general de las tropas culés, llegó al cargo hace dos temporadas con una misión muy complicada. El barcelonismo le encomendó al ex futbolista un proyecto tan ilusionante como complejo en su ejecución: la reconstrucción de una plantilla ganadora.

El equipo que dejó Rikjaard era muy tentador. Todos habíamos visto el nivel mostrado por Deco y Ronaldinho, principalmente, antes de que sus aficiones nocturnas y su dejadez hicieran mella en ellos convirtiéndolos en jugadores de una categoría mucho menor.

Así pues, un gobernador joven pero a la vez veterano fue el elegido para ocupar el preciado trono del banquillo culé. Como siempre en estos casos, las voces de los iluminados en la materia, que tienen a bien escribir columnas de opinión en los diarios de nuestro país, se manifestaron en los más diversos razonamientos. El sentir más plausible era que a Guardiola le quedaba un poco grande el proyecto, que por otro lado era lo fácil.

Sin embargo Pep, el abuelo, fue picador, cocinero antes que fraile, futbolista implicado y profesional en un club y un país que ha visto pasar a tantos y tantos talentos que se perdieron por no tomarse su trabajo como lo que es. Pep no estaba dispuesto a perder un vestuario repleto de ese talento por dos estrellas que se creían el sol.

Él había visto pasar por allí a Romarios y Ronaldos. Él, pieza clave del engranaje, los vio marchar mientras permanecía en el club, mientras otros llegaban para llenar el hueco de los anteriores. Él, picador, empezó recogiendo balones y terminó regalándoselos a sus compañeros, asistiéndoles maravillosamente. No, él sabía cómo manejar eso y no pensaba permitir distracciones.

Echó a Ronaldinho y a Deco, contaminantes según él del vestuario, y quiso largar a Etoó por el mismo motivo. No pudo ser y hasta eso le vino bien. El camerunés, rebelde sin causa tantas y tantas veces, mantuvo la boca callada al abrigo del abuelo. No se llevaban bien y Pep nunca mostró lo contrario. Eso sí, lo alineó una y otra vez y reconoció cada uno de sus méritos para, acabado el año, dar carpetazo a lo bueno y salvaguardar el vestuario, eso que él, cocinero antes que fraile, considera sagrado.

Guardiola, además, entregó la batuta a quienes hasta entonces la llevaban en silencio: Xavi e Iniesta se convirtieron en las piezas claves del esquema. Las llaves de la fortaleza eran propiedad de Puyol, bien secundado por Valdés, y la punta de la lanza tenía nombre evangelizador: Messi.

Allá donde otros necesitaban tambores y cañones para atemorizar al contrario, el Barça llegaba con violines: El ejército melódico, dieron en llamarlo, por la virtuosidad en el juego y la sensación de que una trituradora estaba pasando por encima del rival. Parecía un ejército de 11 jugando contra miles, quizá millares de hipnotizadores que congelaban en tiempo para manejarlo a su antojo. Por eso esa impotencia, esa desesperación y esa pose de equipo menor a la que le Barça obligaba a sus contrincantes.

El segundo año llegó Ibrahimovic para completar el ejército. Una solución que terminó en problema, más que otra cosa. Era un gigante en los mundos de Gulliver, un titán entre hobbits. No encajaba.

El futuro dirá si el bienio se convierte en algo mayor, si el dominio del  Barça se perpetua aún más en el tiempo o aparece alguien capaz de reducirles. Por lo que parece, van a incorporar otras dos piezas mágicas a ese ejército melódico. Uno de los mejores trovadores como Cesc, y un asesino nato como Villa. Las hordas siguen su camino.